Borja, 9 con clase: terminó la secundaria a los 28, va por otro título


El famoso Colibrí, justamente, se les metió en el corazón a los riverplatenses. Y lo hizo mucho antes de sus pases de magia en MDQ

Conocé la historia de superación y resiliencia del colombiano que ya enamoró a los hinchas de River.
“Tomala vos/dámela a mí/ es el famoso Colibrí”. No tuvo la creatividad que él desparramó en la cancha, pero en su impulso por demostrarle su amor a primera vista los hinchas le dedicaron la primera canción que se les vino a la mente a Miguel Ángel Borja.


El famoso Colibrí, justamente, se les metió en el corazón a los riverplatenses. Y lo hizo mucho antes de sus pases de magia en MDQ. Porque él sí quiso venir a River aunque el equipo haya quedado eliminado de la Copa ya que su objetivo es levantar la segunda Libertadores de su carrera con la banda roja. Y porque puso mucho de sí para que, en medio de la crisis cambiaria en Argentina, su pase tuviera un final feliz. De ahí la ovación el jueves en el Monumental sin ni siquiera haber pisado el césped. De ahí, también, el “¿quién te conoce Luis Suárez?” después de su show cinco estrellas.


Asistencia de pecho, pase-gol a lo Zlatan Ibrahimovic, gol, locura. Todo en cinco minutos. Unos toques con su varita, dijo. Aunque lo que pocos conocen es todo lo que tuvo que pasar este fornido colombiano de 29 años al que siempre se lo ve alegre y positivo antes de hacer enloquecer a los fanáticos millonarios.
Y eso sí no fue magia: fue sacrificio. Sacrificio desde los 13 años, cuando se propuso salir de la pobreza que lo rodeaba en Tierralta y ayudar a los suyos con la pelota. En ese camino repleto de goles precoces, saltar de repente a la selección de Córdoba (el departamento en donde está Tierralta) le dio visibilidad. De todos modos, el tránsito hasta llegar a Primera no fue tan redondito como su media hora ante Aldosivi.
Impulsado por mamá Nicolasa, que vendiendo fritos trabajaba más horas para comprarle los pasajes (siempre viajaba solo), se probó y rebotó sucesivamente en Millonarios, Envigado y Atlético Nacional. Aunque jamás desistió. “Tenía el objetivo claro y la voluntad para lograrlo”, resaltan sus amigos. Hasta que en el América de Cali le dieron cabida para hacer las Inferiores. Pero siempre hay un pero: allí no debutó. Conoció Primera en el Cúcuta a los 17. Jugó en la B en Cortuluá. Tuvo su (frustrante) experiencia europea en el Livorno, equipo con el cual descendió al igual que en Gremio. Vino por primera vez a Argentina para gritarle un gol a River en Olimpo. Ganó la Sudamericana en Independiente Santa Fe y la Libertadores en Atlético Nacional. Todo eso, claro, antes de su etapa más conocida en Palmeiras y Junior, ya como parte del elenco estable de la selección Colombia, y de zafar de un intento de asesinato (noviembre del 2016) de una fanática que sólo llegó a pincharlo con la navaja con la que intentó asesinarlo en medio de los festejos por haber obtenido la Copa Colombia.
A esa altura ya era un goleador de prestigio continental. Había cumplido el sueño de comprarles la casa a sus viejos, como les prometió, y también les había hecho las cosas más fáciles a sus ocho hermanos vivos (Marco, Jairo, Luis, Verlides y Walter, con los que comparte mamá y papá y Rafael Claudia y Liliana, también hijos de José Luis Borja). Porque Miguel, el menor de la familia Borja Hernández, no llegó a conocer a los dos que desaparecieron producto de la violencia que azotó Tierralta a fines de los ‘80 y principios de los ‘90.
En esta historia de superación y resiliencia repleta de capítulos se incluye haber terminado la secundaria, que interrumpió por sus sueños de fútbol, a los 28 años. Estudiando a distancia, acostándose más tarde en las concentraciones, acompañado por el respeto de los compañeros de Junior que conocían su objetivo, rindió en forma virtual los últimos tres años hasta que en 2021 logró el título de bachiller. Acaso la vida le permita alcanzar el próximo que anhela: el de manager deportivo. Por lo pronto, desde el 2014 maneja la fundación Miguel Borja, con la que en un terreno de cuatro hectáreas que compró como inversión personal en su pueblo construyó tres canchas (proyecta sumar dos más) y cobija a 120 chicos de bajos recursos de entre 8 y 13 años, a los que asiste con transporte, indumentaria y ayuda psicológica para llevarlos a distintos clubes de su país y, en caso de que lleguen como él, reinvertir los derechos de formación en su obra.
Aunque su principal faena, hoy, es triunfar en River. Devoto evangelista, esta semana espera que su familia aterrice en Buenos Aires para mudarse a la casa de Terralagos que antes habitó Julián Álvarez. Y mientras aguarda la llegada de su quinto hijo, celebra haciendo el viralizado bailecito que creó a pedido de Samuel, el mayor.

El Colibrí. El mago. El futbolista que ya enamoró al mundo River. Un jugador con clase.
YO DIGO: “Tierralta es una revolución”
Marco Borja, hermano del goleador
El domingo, como hacemos en cada partido que juega Miguel. nos reunimos con mis hermanos, sobrinos y familia en la casa de mis padres. Aunque esta vez éramos alrededor de 50, porque se sumaron amigos y vecinos. Y cuando hizo el gol fue una alegría tan grande como la que tuvimos cuando metió el primero para la selección Colombia. Nos abrazamos, gritamos, hubo mucha pero mucha emoción.

Si bien River siempre tuvo seguidores en Colombia, Tierralta está revolucionada con la llegada de mi hermano al club. Y se nota en las calles, porque se ven muchas camisetas y la gente de la ciudad se ha hecho más fanática que nunca, más allá de que a Miguel lo han apoyado en todos sus equipos. Para la familia es una gran felicidad que haya empezado así en ese club tan importante. Tiene mucho más para dar.








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